Isao Takahata

Uno de los rasgos más característicos de las películas del Studio Ghibli es su capacidad para dejar al espectador con la boca abierta por el torrente de imaginación que despliegan, plasmado en multitud de mundos, personajes y artefactos fantásticos. Con Hotaru no Haka (La tumba de las luciérnagas, 1988) volvieron a conseguir crear ese efecto en el público, pero enfrentándolo esta vez a la pura y cruda realidad.

La película nos transporta a la ciudad de Kobe durante el verano de 1945. Tras seis largos años de conflicto, los ciudadanos de los países implicados en la 2ª Guerra Mundial se encontraban ya al borde de la más absoluta miseria. Los que marcharon al frente, murieron o enfermaron irremediablemente. Y los que se quedaron, sufrían la escasez de comida y medicamentos, así como la soledad propia de quienes han perdido a su familia y sus raíces. Alemania se rindió en mayo de ese mismo año, pero la guerra continuó en Asia unos meses más, y precisamente son esos últimos coletazos los que presenciamos durante el metraje de la cinta.

Seita es un joven de 14 años que vive en Kobe junto a su hermana pequeña (Setsuko, la otra protagonista de la historia) y su madre. Cuando ésta muere a causa de los bombardeos americanos, en una de las escenas más duras de la película, los dos hermanos quedan al cuidado de sus tíos. En una situación de guerra, el ser humano puede sacar lo mejor o lo peor que lleva dentro, y desgraciadamente para los niños, sus familiares optarán por la segunda opción.

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