Desde hace tiempo me corroía el ansia por cazar entre mis garras esta novela gráfica dedicada al Joker. Las páginas de adelanto que han corrido por la red apuntaban una historia de calidad que, una vez leída, está a la altura de las expectativas.
El Joker de Azzarello y Bermejo guarda muchas similitudes con el que Ledger intepretó para la gran pantalla, por las grotescas cicatrices que funcionan como extensiones de su perenne sonrisa y por profundizar en la faceta más desquiciada y psicótica del payaso del crimen. Sin embargo, ambos autores han comentado en diversas entrevistas que este parecido es sólo fruto de la casualidad. Ellos empezaron a trabajar en el cómic a principios de 2006, cuando aún no se sabía siquiera quién se encargaría de interpretar al Joker en el film de Nolan.
A parte de esta cuestión, lo que nos ofrece Joker es una historia negrísima y salvaje al más puro estilo Azzarello. No es un cómic de superhéroes. Es una disección de las calles y los bajos fondos de una gran ciudad, de la violencia irracional que se desata al margen de las plácidas vidas de sus habitantes más respetables. También es un nuevo intento por introducirse en la mente del Joker a través de los ojos de Jonny Frost, uno de sus secuaces. Frost no trata de comprender los actos del Joker, aunque sus observaciones llegan a ser muy reveladoras. Lo que quiere es formar parte de su mundo, una decisión que lo sumergirá en un agujero del que quizá ya no consiga salir.