
Os voy a contar cómo me acerqué por primera vez al cómic europeo. Yo era un chico normal que iba a la librería, pasaba un buen rato en la sección de cómic americano, después me acercaba un rato a la de manga y por último salía por la puerta no sin antes mirar las novedades literarias un poco por encima. Los expositores de cómic europeo ni los miraba, y porque el mostrador estaba casi al lado que si no como si no existiera. Bueno, supongo que muchos de vosotros tendríais un ritual parecido.
El caso es que una de esas tardes ociosas que tiene un estudiante normal y corriente de la LOGSE me acerqué a una biblioteca pública, en plena zona monumental de Salamanca. Ahí también solía tener un ritual que consistía en ir de la fonoteca a cualquier otra sección que despertara mi interés en aquel momento. Pronto, al fondo de la planta baja, descubrí la sección de comics de la biblioteca. Al principio me encontré lo típico, Mortadelos, Tintines, Asterix... pero vi que había mucho más de lo que al principio me imaginé. Y allí estaba un ejemplar del primer tomo de ‘XIII’.


