
Hay ciertas cosas en las que tanto niños como adultos coinciden. Una de ellas es sentir que en ocasiones nuestra vida no es tal y como desearíamos que fuera. Es por eso que un día llegó alguien, no sé muy bien quién, y se inventó los sueños, para que a todos nos consolara la esperanza de que algún día se cumplieran. Pero este invento tiene su propia trampa, y es que a veces lo que más deseamos puede convertirse en nuestra perdición.
Esto es lo que planteó Neil Gaiman en su novela juvenil ‘Coraline’, que más tarde se convirtió en una novela gráfica y ahora en una película de animación stop-motion titulada ‘Los mundos de Coraline’. Una verdadera labor de artesano orquestada por el talento y la experiencia del director Henry Selick, que tras comprobar lo bien que le sentaba el 3-D a su ‘Pesadilla antes de Navidad’, decidió volver a contarnos un cuento de los buenos, pero no desde el borde de nuestras camas, sino a través de las más modernas tecnologías.
Coraline se siente muy sola desde que se mudó a una nueva casa y sus padres andan tan desbordados de trabajo que apenas le prestan atención. Un día, descubre una puerta oculta tras el empapelado de una pared y al atravesarla aparece en otro mundo en el que todo aquello que deseaba que cambiara en su vida, efectivamente lo ha hecho. Sus padres están siempre con ella, la decoración de la casa es más alegre, la comida es más sabrosa, e incluso el pesado del vecino se ha vuelto dócil y silencioso. Pero hay algo más aparte de estas diferencias: tanto sus padres como los demás personajes llevan botones cosidos a los ojos. El primer indicio inquietante de que algo no termina de encajar en este mundo paralelo.