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Ya sabemos qué quería decir “Klaatu barada nikto!”. Al menos, en la nueva versión cinematográfica de Ultimatum a la Tierra debe de ser algo como “ni se te ocurra venir a verla, terrícola, porque es un pestiño de dimensiones monumentales”. Resulta complicado saber por qué se decidió hacer un remake, más allá del obvio sentido económico de la cosa: ¿alguien de los que inició la producción del film entendió la original? Y no hablo del mensaje, que se ha visto replicado en numerosas películas modernas, sino de su sentido del ritmo y del suspense y de su capacidad para crear una amenaza consistente.
La nueva Ultimátum a la Tierra trata de adelantar a la original por el único espacio que cree posible: el de los efectos especiales. Ésta es la mayor trampa del cine actual; el de todos los géneros, desde luego, pero especialmente el de ciencia ficción: se cree superior al de los 50 porque tiene mejores medios técnicos para presentarse creíble ante el espectador. Pero debería existir algo más, porque dentro de 50 años los FX de hoy en día también serán antiguos.
Claro que la original Ultimátum a la Tierra ha envejecido. Para un espectador poco acostumbrado al cine de esa época, puede resultar hasta risible. Si se ríen, que rían, pero resulta un poco triste ver cómo se aplaude con las orejas cualquier chorrada sin corazón ni alma, mientras se obvia que, más allá de lo rudimentario de su técnica de efectos especiales, los clásicos siguen vigentes por su manera de entender el cine, de darle vida.
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